|

Con motivo del lanzamiento de un documental sobre la banda salsera La 33, un ignorante del diario El Espectador pregona dizque esta banda "rompe el imaginario de la orquesta de salsa", dizque porque "su formato no está diseñado para el baile" (http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/musica/articulo-256100-lanzan-documental-sobre-orquesta-33). ...Estas ideas son una absurda contradicción. Una banda de salsa está, por definición, diseñada para bailar, o entonces no es una orquesta de salsa. Tal vez la crítica musical se haya ido de los grandes medios, pero no quiere decir que haya muerto. Yo todavía no me voy. La salsa. como una música afro, se concibe y entiende como una experiencia aural total.
La música es la excusa para la poesía del movimiento. A propósito, ni siquiera los hermanos Palmieri, Chucho Valdés y su Irakere, Spanish Harlem Orchestra o Juan Formell y sus Van Van, para sólo nombrar algunas de las puntas de lanza en la vanguardia de la Salsa Brava, antes y todavía ahora, instituciones artísticas afrolatinas establecidas durante medio siglo, y no maravillas de un solo hit, podrían haber salido con semejante babosada. Pienso que tales interpretaciones tan livianas, son el resultado de una mixtificación injustificada, de un lado, y culturalmente atroz, de otra parte. Primero, ideas impulsadas por un mito determinista que se asombra, y en el colmo celebra, que músicos bogotanos pudiésen tocar salsa, como si la música estuviése determinada por una condición étnica o geográfica de algún tipo. Y sobre todo, de una música que con una influyente evolución que ocupa algo más de un siglo, y una exposición más inmediata y global de más de cuarenta años, incluso en Bogotá. En otra parte, mientras planteaban estos temas, he preguntado si acaso las gentes bogotanas se asombran de que algunos de sus músicos puedan tocar rock.
O si es motivo de asombro y triunfal celebración que algunos músicos locales se expresen tocando música clásica europea. Ese determinismo, de todas maneras, contiene una fea significación. Enseguida, todavía queda por resolver el enigma de cómo una banda que aún es una maravilla de un solo hit, cuyos trabajos subsiguientes no resumen el mismo poder de su grabación debut y que básicamente descansan su obra sobre la reproducción mimética de sonidos del pasado y cuyas contribuciones al sonido contemporáneo son apenas el reflejo de una pálida expectativa, han sido elevados a la categoría de salvadores de la salsa. Pienso en firme que esta elevación ha sido producida por "especialistas" que no tenían ninguna raíz en la historia de la salsa, no como una experiencia libresca, sino también y lo más importante, tanto como ha sido establecido por la historia, como una experiencia existencial. Los mitos alzados por estos "especialistas" que han puesto a La 33 como el epítome moderno de la salsa, continúan más allá de la ficción. De hecho, por ejemplo, los elementos de rockanrol presentes en la salsa, ya habían sido inorporados desde el principio del movimiento artístico. Del mismo modo que la existencia del rockanrol no es posible sin la influencia de la música afrocubana sobre la música afronorteamericana. Y de igual manera la música moderna afrocubana no se concibe sin la determinante influencia norteamericana; así que la mixtificación de músicos de rock que se pasean por la salsa, no es una bandera que añada exotismo o rareza, y aún menos una experiencia artística novedosa con resultados extraordinarios a esta hora del mediodía de la música. Bajemos el periscopio, para apreciar el buen desempeño de la banda bogotana, pero también para reconocer que para convertirse en una institución salsera, perdurable e influyente, todavía le falta pelo pa moña. Y recordemos que la "moña", son los compases de cierre de una soberana descarga salsera.
Por: Angel Perea Escobar
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
|