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A: Ángel Perea; Crítico de vanguardia... En 1960, comienzo de esa década prodigiosa en la que se originó el sonido neoyorricano de la Salsa, el saxofonista Ornette Coleman, al frente de un doble cuarteto conformado por Don Cherry, Charlie Haden, Scott LaFaro, Billy Higgins, Ed Blackwell, Eric Dolphy y Freddie Hubbard, grabó para el sello Atlantic, una jam session de casi cuarenta minutos, titulada Free Jazz.
Era una obra de improvisación colectiva, cuya ejecución mandaba pa’l carajo a todo el jazz producido entre 1920 y 1940, catalogado por los especialistas como clásico y, a todas las corrientes entre 1940 y 1960, denominadas, por los mismos expertos, como modernas (como el Bebop, que en el momento de su irrupción causó escándalo semejante).
Empero, para los cincuenta el Bebop, aunque distante del predecible Swing, ya era otro de los estilos absorbido por la conservadora moda, a la cual habían enfrentado durante los cuarenta Dizzy Gillespie, Max Roach, Thelonious Monk y Charlie Parker, mamados de las limitaciones a las que se sometían cuando tocaban tanto para las grandes orquestas del Swing, como para el mercado. Para Gillespie, Roach, Monk y Parker, saxofonista inspirador de Coleman, era más jazz la aparente caotización de los ritmos afrocubanos en labios del trompetista Mario Bauzá y en las manos del conguero bongocero Chano Pozo, que la continuidad en la pulsación propia de las refinadas orquestas de Duke Ellington o Benny Goodman.
La expresividad nerviosa del Bebop originaría el Cubop, antecedente del Jazz Latino o derivado del Jazz Afrocubano, desarrollo del encuentro de músicos estadounidenses y afrocubanos como Dizzy Gillespie, Mario Bauzá y Stan Kenton e incluso puertorriqueños como el trombonista Juan Tizol. Del Cubop de Dizzy Gillespie y el Jazz Afrocubano de Mario Bauzá, se desprenderían las sonoridades que transformaría en monarcas sofisticados del Mambo, a Machito, Tito Puente, Tito Rodríguez y Pérez Prado, quienes terminarían también siendo absorbidos por el mercado, la industria y el tiempo, ese factor implacable que junto a la fama, el dinero, la edad y el aburguesamiento, conduce a la repetición conservadora de esas ideas que, en un principio, subvirtieron las estructuras estilísticas convertidas en hábitos y molestaron a líderes, jerarcas y autoridades.
Como aconteció con Eddie Palmieri, quién siendo un joven integrante de la orquesta de Tito Rodríguez, anhelaba romper a puños y codazos, dejados caer deliberadamente en las teclas del piano, la afinación de una superorquesta más próxima al mundillo melódico del Swing, que a la atmósfera armónicamente agresiva de El Barrio. Aunque Palmieri parte de la música cubana de Arsenio Rodríguez y otros músicos del jazz lo influencian, su sonoridad abstracta está más cercana al macrocosmos intelectual de Ornette Coleman, como se palpa al escuchar un buen número de los cortes de los álbumes posteriores a 1965, cuando ya los trombones no son los protagonistas únicos de su diseño sonoro, sino donde lo relevante es su concepto integral.
Un concepto que no es únicamente musical sino un acto estético, ideológico, social, político e histórico, como lo fue culturalmente el Free Jazz durante los sesenta, que rompió las barreras del sonido y el tiempo.
“El ritmo que traigo es azúcar” *
*Azúcar pa´ ti…: Tema de Eddie Palmieri publicado en 1965, que significó el rompimiento de las normas de grabación impuestas por la industria discográfica estadounidense para la música bailable y tropical.
Por: Fernando España http://salsaglobal.ning.com
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