|

Hace algún tiempo, por internet comenzó a rodar en las redes sociales, sobre todo en perfiles y grupos conformados por músicos, una imagen que llamó mi atención. En esta se veía la partitura del adagio de la Sonata No. 1 para Violín Solo en G menor de J. S. Bach, y se comparaba con una imagen de un compás escrito para batería en 2/4’s, con una indicación de 64 veces de repetición, una flecha partía de estas imágenes y se dirigían a los nombres de Bach, y de reggaetón respectivamente, junto a ellas se podía leer la expresión “No le falte el respeto a la música”, esta imagen se difundió rápidamente y muchos músicos, algunos compañeros y colegas conocidos, manifestaron aprobación con el mensaje que dicha imagen quería difundir.
Lo primero que se me vino a la cabeza es, ¿qué pasaría si yo comparara el compás “irrespetuoso” asignado al reggaetón de esta imagen, con la transcripción entera de la obra 4’33” del compositor norteamericano John Cage, famosa obra de tres movimientos en los que no se toca una sola nota? Quizá podría colocar un compás de silencio, con una indicación de 64 veces de repetición y una frase que dijera, “No le falte el respeto a la música”, también podría hacer que el compás del reggaetón no se viera tan irrespetuoso, si en vez de escribir del elemento rítmico preponderante, escribiera también la armonía y la melodía, o quizá el score completo de algún tema reconocido, y lo coloco junto al mínimo compás de silencio de la obra de Jhon Cage… ¿acaso tendría el derecho de escribir “no le falte el respeto a la música”? ¿qué hace que muchos músicos formados académicamente, consideren que alguna manifestación musical pueda considerarse irrespetuosa? dónde estará ese irrespeto? ¿Será su “bajo” contenido técnico, su “pobre” discurso armónico o su orquestación desprovista de elementos acústicos?
El ver que músicos en ejercicio, algunos con formación, consideren irrespetuosa alguna manifestación musical que no sea de su agrado, o que no obedezca a sus lógicas de creación y producción, es como si un profesional de la medicina no atendiera a un paciente porque su enfermedad es poco interesante. Por eso, al ver la cantidad de comentarios de aprobación de la imagen, llegué a una conclusión: se hace necesario una transformación en los procesos de formación académica de los músicos, en donde, además de solventar las necesidades técnicas del lenguaje musical, se provea una formación dirigida hacia la reflexión del quehacer musical profesional actual y lo dignifique.
Es paradójico cómo abogamos por mejorar condiciones laborales, y respeto hacia este quehacer, cuando desde el mismo medio denominamos a algunas de nuestras facetas laborarles de manera despectiva con el término de “chizga”, desconociendo que cualquier práctica musical es la oportunidad de educar a los públicos, y de transformar la lectura que se tiene de la interpretación musical como oficio. En la medida en la que nosotros no asumamos con profesionalismo y respeto las diversas manifestaciones musicales, y hagamos una discusión en pro de la creación artística y de las elecciones estéticas, nuestros argumentos no irán más lejos que una imagen anónima publicada en alguna red social.
Así como los músicos, aparte de la formación tradicional, se han preocupado por entender el aporte de la tecnología en la manera de producir música actualmente, de entender los procesos de flujo de señal, captura y el uso de interfaces virtuales de creación musical, de comprender las políticas legales de protección de obra, del manejo de la imagen, de la distribución de material fonográfico, y de los demás elementos que componen el actual mundo de la industria musical, debe aceptar que los principios inamovibles de la formación musical de occidente, tanto a nivel teórico y practico, tienen un valor histórico como sistema, pero se hace necesario reevaluar su pertinencia a la luz del pensamiento del hombre contemporáneo y, de las realidades de las sociedades actuales.
La formación académica en música debe servirnos más que para discutir si el reggaetón es o no buena música, debe servirnos para comprender bajo qué medios, determinada utilización consciente de alturas, duraciones y timbres, se vuelve significativa para un número importante de personas a lo largo del mundo y, genera mayores ingresos económicos que otras manifestaciones musicales más tradicionales… es así, como podemos aprender de esta experiencia para hacer que nuestras elecciones estéticas, tengan mayor impacto, o por lo menos, mayor difusión entre las personas.
Las instituciones de formación musical deben estar a la vanguardia de estas transformaciones y generar los espacios de discusión, de lo contrario, muchos de los músicos formados académicamente no podrán adaptarse a las nuevas estéticas que se avecinan, y sus argumentos no serán lejanos a los de los abuelos que, al escuchar los ensayos de nuestras bandas de rock, se tapaban los oídos y dicen a grito entero: “no le falte el respeto a la música”.
Por: Luis Ramírez Coordinador Académico del Programa de Música Academia de Artes Guerrero
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

|